La metí en mi casa con sigilo, a escondidas, con nocturnidad y creo que con alevosía, no me importaba lo mas mínimo que mi esposa estuviera dormida o despierta, lo único que me importaba era poder sentir su tacto al contacto con mis manos y mis labios, era poder sentir su tacto al contacto con mis manos y mis labios. Sentir la humedad de su cuerpo, besarla en la boca una y otra vez, sin dejarla decir palabra, nos tumbamos en el sofá con la pasión intacta, como si fuéramos dos adolescentes.
Sentí que mi mujer en la cama se revolvía, no recuerdo si me llamo o no, pero no le hice el mas mínimo caso y segí recibiendo el calor de mi callada amante, para lo que teníamos que decirnos, nos sobraban las palabras.
Aquella rubia de color dorado como los campos de trigo, me tenía atrapado, en mas de una ocasión quise romper con ella después de una noche loca, pero una y otra vez fracasaba, porque ella me trataba con esa indiferencia que muestran aquellos que saben que tienen la sartén por el mango. Y allí seguíamos los dos, en el sofá, yo, tumbado con la camisa fuera y la mirada perdida, ella en el suelo, desnuda, vacía, después de haberme dado todo lo que yo en ese momento necesitaba. Ahora que habíamos terminado, si que me atacaba una legión de remordimientos, por una parte estaba mi mujer a la que yo decía que quería, pero nada mas lejos de la realidad, yo solamente quería satisfacer mis deseos, siempre los caprichos de aquella amante acaparadora, que era capaz con sus encantos de anular y tener prisionera: mi voluntad y mi hombría.
Me desperté sobresaltado, vi a mi mujer que la recogía del suelo, habría la puerta de la calle y la echaba de su casa, con la resignación de alguien que esta acostumbrado a ser humillada en su propia casa. Trate de levantarme, pero la cabeza me daba vueltas, cuando por fin me pude hacerlo, ni siquiera tuve la decencia de pedir disculpas, metí la cabeza bajo el grifo de la cocina y como se me hacía tarde para ir a trabajar, pegue un portazo y salí de mi casa, herido creía yo, por el comportamiento de mujer para con mi amante, mi mente no podía o no quería ver la realidad. Sabía donde encontrarla y por eso entre en el primer bar que vi, allí estaba rebosante y llena de, iba a decir que de vida, pero para mi era de muerte, me estaba llevando a la bancarrota, a la desesperación y soledad mas profunda que un hombre pueda hallar.
Volví a mi casa el mediodía; derrotado y prometiendo a mi esposa que esa mañana era la ultima que había pasado con ella. En vez de dos bofetadas que era lo que me merecía, recibí una sonrisa amarga, de esas que saben que estas mintiendo, porque no es la primera vez que rompes tus promesas.
Yo en ese momento lo decía de corazón, me quería convencer a mi mismo, mientras se me caían las babas en el mismo sofá donde pasé la noche y el sueño despeja mi atolondrada mente.
Me desperté cuando aun no había pasado una hora, luche por espacio de veinte minutos conmigo y con mi mujer, pero al final salí de mi casa dispuesto a volver con la rubia.
Entre en otro bar y allí estaba, ella, sobre la barra, ahora que lo pienso y después de todos estos años, todavía no se su nombre, solo sus iníciales <<J.B. >>

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